EL PUENTE DE LOS ESPÍAS (2015)

EL PUENTE DE LOS ESPÍAS (2015)

Por Pau Gómez

El puente de los espías es el nombre con el que, durante los años de la Guerra Fría, se conocía al puente de Glienicke, que cruza el río Havel en la zona sur de Berlín. Justo en su mitad se citaban las potencias de Oriente y Occidente para intercambiar sus respectivos prisioneros, una costumbre que se inició en 1962 con el canje entre el agente soviético Rudolf Abel y el piloto norteamericano Francis Gary Powers. Sin embargo, no fue ninguno de ellos quien llamó la atención del guionista Matt Charman, sino el abogado James B. Donovan, a quien se asignó la defensa de un supuesto enemigo como Abel tras su detención por parte de los servicios de inteligencia en 1957: “¿Qué pintaba ahí un especialista en seguros como él?”, señala Charman. “Descubrí que Donovan fue el abogado defensor de Rudolf Abel porque la CIA no encontraba a nadie dispuesto a hacerlo. Le salvó de la silla eléctrica y, años después, negoció su intercambio por Powers en Berlín”.

 Spielberg se encontraba preparando la adaptación del libro de Roald Dahl El gran gigante bonachón cuando cayó en sus manos la primera versión del guión redactado por Charman. El cineasta conocía bien la historia de Powers después de que su padre viajara a Moscú y tomara fotografías de los restos del avión[1], lo que le llevó a establecer un cambio dentro de su orden de prioridades: “Me interesó tanto la historia que decidí aminorar la marcha en ese otro proyecto para poder meterme en la Guerra Fría y contarla”. Con la preproducción de la película ya en funcionamiento, Spielberg recibió una llamada inesperada: “Los hermanos Coen se pusieron en contacto conmigo porque habían oído que estaba preparando una película de espías. Como ellos siempre habían querido hacer una, me dijeron que contara con su ayuda si la necesitaba. Así que les envié la versión de Matt Charman y les encantó la estructura, pero hicieron su propia investigación de la historia”. Para el papel protagonista, el director siempre tuvo claro que Tom Hanks era su única opción, al tiempo que lograba convencer a Mark Rylance, un prestigioso actor de teatro a quien admiraba y que era bastante reacio a trabajar para el cine, para que aceptase interpretar a Rudolf Abel.

 Con un presupuesto cifrado en cuarenta millones de dólares, El puente de los espías se rodó en diferentes localizaciones de Nueva York, California, Wroclaw (Polonia) y Berlín, ciudad esta última que puso a disposición de Spielberg los escenarios reales donde acontece buena parte del film (la canciller alemán Angela Merkel incluso visitó el set pocos días después del 25 aniversario de la caída del Muro). Aunque toda la producción discurrió con absoluta normalidad, un inesperado contratiempo tuvo lugar a la hora de componer la banda sonora. El imprescindible John Williams, que se había reservado ocho semanas para trabajar en la película, tuvo que renunciar a su participación para someterse a una complicada operación de corazón. En su lugar, Spielberg contrató a Thomas Newman, candidato al Oscar en doce ocasiones e hijo del mítico compositor Alfred Newman, quien casualmente fue uno de los descubridores de Williams cuando este no era más que un joven pianista.

 Tras su estreno en octubre de 2015, El puente de los espías cosechó unos resultados comerciales más que correctos (le bastaron dos semanas en cartel para recuperar la inversión) y acaparó elogios de manera casi unánime, lo que ha certificado la buena sintonía que existe entre Spielberg y los críticos a raíz de obras recientes como Munich o Lincoln. En las páginas de Dirigido por…, Diego Salgado afirmaba que la película “confirma a Spielberg como un alquimista privilegiado de su profesión y la imagen, y como uno de los fabuladores más excepcionales sobre las incógnitas del ser estadounidense que ha transitado la historia del cine producido en su país (…) Spielberg aún cree en la ficción, y consigue con ello que nosotros reconozcamos y nos rindamos de nuevo a su poder”.

FICHA TÉCNICA

T.O.: Bridge of Spies  Producción: Amblin Entertainment/Marc Platt/Afterworks Limited y Studio Babelsberg para Fox 2000 Pictures, DreamWorks Pictures y Relliance Entertainment  Productores: Steven Spielberg, Marc Platt y Kristie Macosko Krieger  Productores ejecutivos: Adam Somner, Daniel Lupi, Jeff Skoll y Jonathan King  Guion: Matt Charman, Ethan Coen y Joel Coen  Música: Thomas Newman  Fotografía: Janusz Kaminski  Dirección artistica: Scott Dougan  Diseño de producción: Adam Stockhausen  Montaje: Michael Kahn  Vestuario: Kasia Walicka-Maimone  Sonido: Gary Rydstrom, Richard Hymns, Drew Kunin y Krysten Mate  Efectos especiales: Kimberly Aller  Duración: 141 minutos.

Intérpretes: Tom Hanks (James B. Donovan), Mark Rylance (Rudolf Abel), Amy Ryan (Mary Donovan), Alan Alda (Thomas Watters Jr.), Scott Sheperd (Hoffman), Sebastian Koch (Wolfgang Vogel), Billy Magnussen (Doug Forrester), Eve Hewson (Carol Donovan).


El niño y el miedo

Por Miguel Ángel Vivas

Casi siempre que se habla de la filmografía de Steven Spielberg, se suele hacer una bipartición diferenciadora entre el Spielberg Niño y el Spielberg Adulto con la que no estoy nada de acuerdo. A mi parecer solo ha habido (y hay) un único Spielberg. Cada una de sus películas la ha afrontado de una forma diferente a la anterior, cambiando el estilo narrativo y el tono en función del género y el tema del que quería hablarnos.

 En E.T. El Extraterrestre, seguramente la película más personal de su carrera, nos habla de los cambios y sacrificios que hacemos al dar ese paso obligatorio que nos lleva de la infancia a la vida adulta. I’ll Be Right Here, le dice E.T. (metáfora de la infancia, del yo/niño) a Elliot mientras le señala la cabeza al muchacho que no quiere crecer. Porque no es malo crecer, lo que sí es malo es dejar de hacerlo.

 En términos cinematográficos, Spielberg es un adulto desde hace ya mucho tiempo. De hecho, su primera película rodada para pantallas de cine, Loca evasión (1974), es hasta ahora su película más adulta, en la que narra las peripecias de unos padres capaces de lo que sea para recuperar a su hijo. Pero lo hará desde una visión de fábula distorsionada, casi cómica, en la que enfrenta a estos padres contra un mundo de adultos que no entienden. Y el director (que siempre llevará a ese niño en su cabeza y en su corazón) tampoco acepta ese mundo, por eso lo encubre a modo de parábola y de comedia. Y eso mismo hace en El puente de los espías. Porque no nos confundamos, Spielberg siempre será un niño, y por eso hace películas.

 La trama nos sitúa en la Norteamérica de la Guerra Fría, una Norteamérica asustada, que convive en una paranoia colectiva por el miedo a la invasión roja y a la caída de la bomba atómica sobre su territorio. En este contexto, el director narra la historia de un intercambio de espías, uno ruso y otro estadounidense, en el puente de Glienicke, que cruza el río Havel en la zona sur de Berlín y al que alude el título de la película.

 El puente de los espías cabalga entre los filmes de espionaje de los sesenta y los setenta y el cine judicial, todo ello con el aroma clásico que proporciona su personaje protagonista, James Donovan, increíblemente interpretado por Tom Hanks en el que seguramente sea su mejor trabajo hasta el momento. El guion, coescrito entre los hermanos Cohen y Matt Charman, (todos ellos conscientes del juego de mentiras y sospechas propio del cine de espías), construye la historia como si de una partida de ajedrez se tratase. Una partida envuelta en un clima de miedo y locura donde rusos y norteamericanos juegan con unas fichas representadas por soldados, los cuales, por cumplir con su deber, son tildados de conspiradores y terroristas por unos y de traidores por los otros. Y tal vez sea en esta dicotomía entre el juego y la denuncia, entre lo ridículo y lo sublime, donde la película alcanza su mayor logro.

 De este modo, el director se mueve perfectamente entre la narración clásica, el drama familiar y la comedia de lo absurdo para construir el relato de la época. No olvidemos que la película nos habla de uno de los episodios más oscuros de la Norteamérica del siglo XX. Una época donde el miedo ante el inminente ataque comunista (perdonad que me repita) justificaba la vulneración de las libertades en el supuesto país de la libertad, la prostitución de los jueces y la quema de la constitución (llegados a este punto, no puedo evitar pensar en la persecución comunista que la propia industria de Hollywood sufrió en aquella época, y estoy seguro de que Spielberg la ha tenido en cuenta a lo largo de todo el metraje). Porque la película nos habla del miedo que todo lo corrompe, incluso el alma de los honrados. Eso mismo sucede con el hombre encargado de juzgar a Rudolf Abel (Mark Rylance), que prefiere saltarse su idea de justicia para poder vivir tranquilo, creando un discurso ético disfrazado de fábula clásica.

 Hanks interpreta al hombre corriente –no se cansará de repetir que él no trabaja para el gobierno–, un abogado especializado en casos de seguros que, por los caprichos del destino, se convertirá en el encargado de llevar a cabo las negociaciones del intercambio. Donovan, durante su odisea, se define como un personaje clásico, consciente y coherente con sus convicciones y que nos recuerda muy claramente al James Stewart de Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959) o al de las películas de Frank Capra. Un héroe que decide mantenerse firme ante dichas convicciones a pesar de ser vapuleado por sus conciudadanos. Spielberg confronta el punto de vista de Donovan con el del resto de los norteamericanos, que rechazan la conducta del protagonista tachándole incluso de “amigo de los rojos”. El punto de vista americano está perfectamente representado por el hijo de diez años de Donovan, la misma edad que tenía Spielberg en aquel momento.

 El niño vive obsesionado con la Guerra Fría y se prepara a conciencia para cuando llegue la bomba. En el colegio, los profesores enseñan a sus alumnos unas películas propagandísticas que les enseñan a agacharse y cubrirse (duck and cover) como único recurso para no morir en un ataque nuclear. Así, la película no tiene sus referentes más directos en esas historias descreídas y melancólicas que presiden las novelas de John Le Carré o películas como El espía que surgió del frío, sino que encuentra su mayor fuente de inspiración en cintas de propaganda como Duck and Cover (1951) o Red Nightmare (1962). Y no lo hace por la propia idea propagandística, de la que Spielberg huye, sino por cómo al visionar hoy estas películas no podemos dejar de reírnos de una estupidez tan real como naïf (me viene a la mente el maratón de películas de Burke Stodger en el manicomio de Chryskylodon al que se hace alusión en Puro vicio, de Paul Thomas Anderson). Eran películas hechas en serio, pero hoy es imposible verlas sin reírnos de su ingenuidad. Y así actúa también El puente de los espías. Un buen ejemplo lo encontramos en el prólogo del film, donde unos ineptos agentes de la CIA tratan de dar caza a un espía ruso y, tras detenerle, le dejan destruir las pruebas y documentos de la forma más ridícula y creíble posible, alejándonos nuevamente de las historias protagonizadas por George Smiley.

 La película también utiliza la metáfora simbólica del puente como barrera entre estos dos mundos confrontados. Asistimos a una época donde se construyó un muro para dividir un país en dos, separando Occidente de Oriente, a los libres de los presos, y cuya simbología coge fuerza y sentido al final de la película cuando Donovan observa desde el tren que le lleva al trabajo a unos niños que saltan una valla sin que nadie les dispare por ello. Es aquí donde tal vez muchos se atrevan a tildar el film de propagandístico, y yo discrepo. Spielberg, como cualquier otro autor, ha de tomar partido en sus opiniones y mostrarnos su punto de vista y sus ideas.

 A pesar de ello, la película huye de los paisajes sensibleros en la mayor parte de la metraje (el único momento que me hizo llorar fue cuando en los créditos finales no apareció el nombre de John Williams) excepto en su final, donde el director –a diferencia de lo que hizo Ben Affleck en su Argo– decide el reconocimiento merecido a su héroe discreto, no solo por parte de su familia (cuando su mujer le mira dormir en la cama tras su largo “fin de semana de pesca”) sino también del pueblo americano (en la escena del tren donde siente las miradas de admiración de las mismas personas que hasta hace nada le tachaban de traidor por defender esas mismas convicciones y principios). Y es en esas miradas donde la película encuentra su discurso, el TEMA, así en mayúsculas, del que tantas veces nos habla Spielberg en casi todas sus obras: podemos, y debemos, ser mejores. Me resulta imposible observar el desenlace de El puente de los espías sin pensar en los instantes finales de Salvar al soldado Ryan (1998), donde un Matt Damon en los últimos años de su vida y consciente del sacrificio que otros hicieron para que él sobreviviera, mira a sus hijos y nietos y les pregunta: “Decidme, ¿he sido bueno?”.

 Mientras Steven Spielberg continúe haciendo películas, nosotros podremos disfrutar de ellas y, al terminar, sabremos que podemos ser mejores o, al menos, intentarlo. Suerte para todos que Spielberg, al igual que Peter Pan o Elliot, seguirá siempre siendo un niño.

Miguel Ángel Vivas (Sevilla, 1974) se trasladó a Madrid para estudiar Comunicación Audiovisual y posteriormente cursó Dirección Cinematográfica en la ECAM. Debutó como realizador con el thriller Reflejos (2002), un género al que regresaría para su segundo largometraje, Secuestrados (2010), que le abriría las puertas de festivales tan prestigiosos como Sitges o Austin. Docente universitario y novelista, Vivas cosechó unos excelentes resultados con Extinction (2015), cinta de terror postapocalíptica protagonizada por la estrella de Perdidos Matthew Fox, lo que le permitió aliarse con Jaume Balagueró para su próximo proyecto tras la cámara, el remake americano de la cinta de culto francesa A l´interieur.

 

 

 

 

 

 

 

 




 

 

 

 

 



[1] Dicho avión era un U2, un aparato espía norteamericano cuyo nombre sirvió de inspiración a la popular banda de rock irlandesa liderada por Paul Hewson, conocido mundialmente como Bono. Curiosamente, su hija, Eve Hewson, fue contratada por Spielberg para dar vida a la hija de Donovan.

30/11/2015 Home, Cine 0 1570

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